Rosita….

Tomo de Cubadebate un fragmento de la entrevista a Rosita Fornés en sus 95 a este 11 de febrero,, por la admiración que siempre he sentido hacia quien en sus visitas a Guantánamo ha demostrado ser la que es y la que dicen que es. Muy auténtica. Muy especial. La misma en escena que fuera. Felicidades,Rosita.

Cuando aquella joven, una adolescente casi aún, apareció en el escenario como parte del elenco de El asombro de Damasco, ya había decidido que los aplausos serían parte de su vida. Había nacido en Nueva York, en 1923, pero resulta imposible hoy imaginarla fuera del apretado grupo de artistas que los cubanos reconocen como suyos, como parte de ese orgullo que es capaz de reinventar anécdotas y biografías para concederles cierto aire de leyenda. Rosita Fornés había participado ya, para ese entonces, en La corte suprema del arte, donde ganó el premio cantando La hija de Juan Simón, y también en una de las primeras películas habladas de nuestra cinematografía: Una aventura peligrosa. Pero su debut como profesional fue con aquella obra, en junio de 1941.

Ella cuenta que al terminar la representación en el Teatro de la Comedia recibió el elogio de un señor de gran estatura. En todos los sentidos del término: era Ernesto Lecuona. Tal vez pocos puedan recordar hoy en qué punto del Paseo del Prado se levantaba ese coliseo. Por suerte, con mucha más certeza, podemos recordar quién es esta mujer, que ahora llega a la venerable edad de 95 años sin dejar de ser el asombro que desde entonces la acompaña.

No quiero escribir estas palabras como quien redacta una nota o una ficha de catálogo. Ni las fechas, ni las precisiones de la crítica, pueden dar fe de lo que Rosa Fornés ha ido legándonos a lo largo de su extensa trayectoria. Hermosa, rubia, de ojos verdes, con una voz de soprano que le ha permitido abordar géneros como la canción, la balada, la zarzuela o la opereta (ella ha sido nuestra mejor Ana de Glavary, nuestra más feliz intérprete de La casta Susana), el asombro que proviene de ella tiene que ver con su capacidad de reinventarse. Cierto es que una imagen muy poderosa nos la devuelve arropada en vestuarios de fantasía, colmados de lentejuelas, con un célebre abanico de plumas que en algún momento tuve en mi mano, y descendiendo una escalinata de utilería con un garbo que recuerda al de Audrey Hepburn en su aparición junto a la Victoria de Samotracia en aquel famoso filme, mientras canta Otro amanecer, de Meme Solís, uno de sus compositores más fieles, como lo hacen las estrellas de verdad: sin bajar la vista para no fallar en su descenso.
Es la Rosa Fornés que aparecía como anfitriona en Desfile de la Alegría, y esa silueta tan popular también le acarrearía varios problemas a partir de los años 60, cuando regresa a Cuba tras un paso seguro por México y España.

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